jueves, 3 de mayo de 2012

El Tiempo como Bien Escaso


Las reglas del tiempo son bien conocidas. La cantidad que disponemos de él es limitada, fija e inmutable. Su paso es inexorable. A todos los efectos es válido considerarlo un bien escaso que requiere de una administración inteligente para sacar el mayor provecho de él.



“El tiempo es dinero”. “El tiempo pasa”. “No desperdicies tu tiempo”.

Todas frases famosas acuñadas a lo largo de los siglos para recordarnos que no debemos perder nuestro tiempo, porque disponemos de él en una cantidad limitada. El día tendrá siempre veinticuatro horas. Ni una más. Ni una menos.

Existe un concepto un tanto engañoso en la idea de “ganar tiempo”. En principio esto no es posible. Estamos en condiciones de operar sobre la cantidad de tiempo que demandan las actividades en las que nos vemos envueltos, pero no estamos en condiciones de alterar el tiempo.

La noción del tiempo como un bien escaso se basa en el principio económico por el cual “las necesidades son siempre ilimitadas, mientras que los recursos son siempre escasos”.

El tiempo es un recurso como cualquier otro, pero que tiene una característica particular: todos los seres humanos lo disponemos por igual y en la misma cantidad. Decir “no tengo tiempo” es hasta cierto punto un error. Sin importar ningún detalle de nuestra vida particular,  todos y cada uno de nosotros tendremos veinticuatro horas diarias para atender la totalidad de nuestras necesidades.

Como condición de contorno es clara. Sólo podemos actuar sobre las tareas a las que nos dedicamos para que ese tiempo alcance. Dedicarles más o menos tiempo; enfocarnos en unas en desmedro de otras o sencillamente algunas cosas dejar sencillamente de hacerlas.

Lograr administrar este recurso es todo un arte. No es una ciencia exacta por la sencilla razón que cada caso es un mundo. Lo que le sirve a uno no le sirve a otro y es complicado sacar conclusiones generales.

La ciencia económica se dice que no es una ciencia exacta, sino praxeológica, es decir que versa sobre la estructura lógica de la acción humana.

La administración del tiempo es a mi modo de ver también una ciencia praxeológica, porque debe considerar todos aquellos factores que afectan a nuestras acciones como individuos en tanto nos permite alcanzar nuestros fines con los siempre escasos medios que disponemos.

Los principios de la acción humana son los siguientes:

§  El hombre actúa;
§  Prefiere unas cosas a otras;
§  Concurre a la acción para alcanzar sus siempre mudables, pero en cada momento concretos y específicos, fines;
§  El factor tiempo influye en su accionar.





Observemos el rol del tiempo. No es un elemento más.

El ser humano tiene a la “preferencia temporal” como un factor clave en su proceso de toma de decisiones. Si a igualdad de condiciones tiene que elegir entre obtener un mismo beneficio “ahora” ó “después”, va a preferir disfrutar el beneficio ahora, en el presente. Si posterga algún disfrute en el “hoy” es porque le trae alguna ventaja hacerlo en el futuro, al menos desde su particular punto de vista. Y como dijimos anteriormente, las valoraciones son siempre personales, con lo cual es difícil medir la calidad de su decisión basados en nuestra propia escala de valor.

Cuando nos vemos en la necesidad de “administrar el tiempo”, debemos ser conscientes que “administrar” es una acción, y que para que ésta tenga lugar nos debemos encontrar ante una situación de insatisfacción. En nuestro caso, esa insatisfacción viene del hecho de que el tiempo que tenemos disponible no nos está alcanzando para cumplir con todas las obligaciones y/o deseos que tenemos. Como consecuencia, debemos “hacer algo”. Debemos “actuar”, y en nuestro caso ese algo es “administrar nuestro tiempo”.

Al actuar, deberemos dar “preferencia” a algunas cosas sobre otras. Esto es lo que comúnmente llamamos “priorizar”. Y al preferir una cosas sobre otras, estaremos tomando decisiones que implicarán algún coste, es decir que estaremos dispuestos a “pagar las consecuencias” de no hacer aquellas cosas que elegimos “conscientemente” no hacer.

Como podemos ver, el priorizar está en la misma esencia de la administración de nuestro tiempo. Nosotros tenemos fines o metas que queremos alcanzar, y el uso adecuado de nuestro tiempo es crítico para poder cumplirlas. A veces podremos compatibilizar nuestras metas con otras actividades de menor importancia para nosotros. Otras veces no.

Desde ya que el uso de metodologías elaboradas como la propuesta en GTD por David Allen nos pueden ayudar a incrementar nuestra capacidad de hacer. Y en algún momento hasta podemos llegar a una situación en la cual podemos tener la “ilusión” de ser capaces de hacerlo todo.

Pero la realidad siempre tiene la capacidad de sobrepasar nuestros mejores planes y métodos. El ejemplo más claro es la persona que dice a todo lo que le piden un sencillo “SI”. No importa el método de productividad personal que use, siempre existirá un punto en el cual no habrá medios “físicos” para cumplir con todo lo que prometa. Y le guste o no, el problema no estará en la forma en que revisa sus listas de tareas o la cantidad y precisión de los contextos que usa. El problema radicará en no haber sabido decir que “NO” a tiempo.

Enlaces Relacionados

Publicar un comentario en la entrada