miércoles, 23 de enero de 2013

Hora de Ejecutar

Una de las costumbres más frecuentes entre quienes se entusiasman con la planificación es nunca terminar con ella. Se la realiza una y otra vez perfeccionándola de manera continua. Hay un punto en que esta actividad se come nuestro tiempo productivo aún cuándo ya sea la hora de ejecutar.





“Los planes son sólo buenas intenciones
a menos que degeneren en trabajo duro

                                                                                  Peter Druker


Los procesos de planificación no son actividades que insuman poco tiempo. Sentarse a pensar por qué se va a hacer algo, cómo se lo hará y qué pasos se darán para alcanzar nuestros objetivos requiere una dedicación que en muchos casos puede resultar considerable.

Como mencionáramos en ¿Cuánta Planificación Necesitamos? ésta inversión de tiempo tiene que tener una justificación en relación con los beneficios que obtendremos. La regla general sería tratar de hacer el plan más sencillo posible en cada caso pero que permita cumplir con los objetivos.

Para complicarnos más el asunto, además sabemos que no hay plan que resista el primer contacto con la realidad. Lo que Von Clausewitz llamaba fricción en “De La Guerra” es la causa de tener muchas veces que adaptarnos rápidamente usando al máximo nuestra flexibilidad y otras tantas la razón de vernos obligados a revisar nuestros planes y reformularlos. A veces por completo.

Los planes nunca reflejarán completamente la realidad. No hay forma de que lo hagan. Servirán para mantenernos enfocados en nuestros objetivos; para que tengamos claro por qué hacemos las cosas qué estamos haciendo, y para permitirnos contrastar nuestros avances con lo que nos propusimos. Pero es claro que no podemos dedicar excesivo tiempo a la planificación.

Es importante que recordemos que hay un tiempo para todo. Hay un punto en que planificar una y otra vez sólo provoca que sigamos haciendo tareas administrativas en vez de hacer aquello por lo que nos ganamos la vida, sin aportar valor significativo a nuestro trabajo. Hay un tiempo para ejecutar. El tiempo de hacer.

Cuando se terminó la planificación, es el momento de enfocar nuestras energías en poner manos a la obra. En ese instante, es crítico confiar en nuestra planificación, y lo más importante que nos aportó ésta: el conocimiento adquirido al elaborarla. Cada idea, cada razonamiento y cada enumeración de pasos que dio forma al plan fue el resultado de un esfuerzo intelectual que si no lo ponemos en acción habrá sido realizado en vano.

Una vez que llegamos a ese punto lo único que tendremos que hacer es sencillamente “actuar”. Todas nuestras preferencias, nuestros valores, y las argumentaciones que dieron origen a las acciones que se deben poner en curso están claras. Es importante que no dudemos más y nos pongamos a hacer lo que ya decidimos.

Por otro lado, en muchísimas situaciones tiene más sentido que se actúe con celeridad en vez de elaborar planes muy precisos que no estén a tiempo para cuando deben ser ejecutados. En este caso, nuevamente la orientación a la acción hace una gran diferencia y nos permite alcanzar el resultado. Docenas de actividades tienen este tipo de dilemas, tales como los ejércitos, los médicos (especialmente los que se enfrentan a casos de vida o muerte en una guardia de emergencias) y los policías entre otros. Pero si prestamos atención nos daremos cuenta que en muchísimas situaciones es mucho más práctico y eficaz lanzarse a la acción con las dos o tres ideas básicas de cómo resolver el problema (lo cual en esencia representa un plan), que esperar a tener un documento que supuestamente garantice el éxito. Lo concreto es que no existe un plan que garantice nada, y mucho menos si éste no llega a tiempo para el momento de actuar.




Como bien decía el general George S. Patton


“Un buen plan, violentamente ejecutado, es mejor 
que un plan perfecto la semana siguiente.”


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