miércoles, 5 de septiembre de 2012

Sobre Productividad y Redes Sociales

Las hoy llamadas “Redes Sociales” representan como todos sabemos un medio de comunicación en pleno auge. No obstante, su uso (y abuso) debe ser considerado cuidadosamente en la medida que pueden tener un impacto significativo en nuestra productividad.



 ¿Con cuánta gente puede interactuar uno sin afectar negativamente su productividad? ¿Cuántas interrupciones son manejables hasta lograr descarrilarnos completamente de nuestros objetivos? La verdad es que no puedo precisar un número, pero seguramente no es infinito. Y lo que tienen las redes sociales que conocemos es precisamente una apertura hacia una cantidad enorme de personas, actividades, interacciones e interrupciones por lejos muy superior a lo que cualquier empresa podría generar con las tradicionales herramientas como el teléfono, el celular o el email.

Que me perdonen los fanáticos de las redes sociales, pero hablando claro son una distracción enorme. Una cosa es mantener una comunicación estrecha con un grupo de gente, y otra es estar abierto permanentemente a la interacción con personas que tienen objetivos e intereses diversos, que eventualmente pueden (o no) coincidir con los míos. Por lo menos no soy partidario de usar estos servicios en las horas de trabajo y si se los usa, al menos debe hacerse de manera muy prudente.

¿Quiero decir con esto que no es bueno entrar en las redes sociales? De ninguna manera. Son plataformas excelentes para mantenerse en contacto, y para sostener vínculos con aquellos que se encuentran distantes así como para generar determinadas dinámicas de grupo. Desde el punto de vista de la inserción social son una herramienta excelente.

Todo lo que digo es que su uso durante el tiempo “productivo” tiene que estar acotado. Debe existir, a mi modo de ver, una cierta disciplina autoimpuesta, para evitar perderse en banalidades encadenadas una tras otra que absorben tiempo como una aspiradora. Estos sistemas están pensados y diseñados para mantenernos la mayor cantidad posible de tiempo dentro de sus páginas. Con un objetivo claro. Incrementar sus ingresos. Y para nosotros, el objetivo cuando producimos es generar nuestros propios ingresos.

Un ejemplo sencillo son las notificaciones de las redes sociales en los smartphones. El tener una alarma de mensaje (incluso la simple indicación de pantalla) de facebook o twitter es como un imán para entrar al teléfono, y la probabilidad de que sea algo sin la menor importancia para nosotros es “altísima”. Uno entra al teléfono (previo desbloqueo), accede  a la aplicación, busca el mensaje y se encuentra que es por ejemplo un comentario que hizo alguien sobre un tema en el que uno apenas participó, pero que de ahora en más notifica cada vez que alguien agrega algo. Ya sea que me interese o no.



Entiendo, hoy día al menos, que la mejor manera de usar estas herramientas es encontrar un rato durante la jornada en el que uno se proponga ingresar a la red en cuestión y ver “que hay de nuevo”. Tomárselo como un mecanismo de distracción, como podría ser leer una revista o mirar un programa de televisión. Si se lo intercala durante las horas laborales, se requiere la disciplina para que sean no más de “x” minutos, así sean cinco o diez, tomados como un descanso. Ya hay bastante distracción con el correo electrónico mal usado por ejemplo con las cadenas, las respuestas generales indiscriminadas y el abuso del copiado. Agreguémosle el SMS, y la casilla de voz del teléfono fijo y el móvil, y tenemos más que suficiente para que cualquiera que necesite contactarnos lo pueda hacer.

La clave es mantener el control. La red tiene que estar a mi servicio y no al revés. El acceso tiene que ser tan cuidadoso como las llamadas personales o el cuchicheo en horario laboral. Eliminarlo del todo es imposible, pero debe ser hecho con la suficiente prudencia como para no afectar nuestro trabajo.

Si dejamos libradas nuestras comunicaciones a la caótica dinámica de estos servicios nos veremos arrastrados a participar en interminables conversaciones, equivalentes a las charlas de pasillo en la empresa, pero que se multiplican exponencialmente.


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