jueves, 22 de noviembre de 2012

Interrupciones-Sólo valen dos excusas

Cuando uno se pone a pensar cuáles son las interrupciones aceptables, se encuentra con que en realidad la mayoría de las veces son pocas las que merecen realmente que dejemos lo que estamos haciendo. A decir verdad revisando un poco, encuentro sólo dos excusas válidas para aceptar que una interrupción me saque de mi plan.




Tengamos en claro que cuando recibimos una interrupción, se pone en juego el proceso de toma de decisiones interno. Y si no tomamos la decisión, el mundo exterior nos la impondrá a pesar de nuestros planes. Así parece que lo mejor es que analicemos si aceptar o no la interrupción de la mejor manera posible.

Si alguien nos interrumpe, está claro que para esa persona el problema justifica la interrupción. A nadie le gusta quedar como un molesto ni anda por ahí perdiendo su propio tiempo en sacar a otros de su trabajo. Su personal percepción del valor de la necesidad puede no coincidir con la nuestra. Y aquí por supuesto es donde empiezan los conflictos.

Debemos recordar que las valoraciones son “siempre” subjetivas. No hay una categorización universal de prioridades, ni las que existen son fijas e inmutables. Estamos hablando de un escenario que en esencia es caótico, y que en última instancia se va a resolver de una u otra forma por medio de una negociación directa o por efecto del poder relativo de las partes.

Así que lo primero que uno debe hacer al momento de recibir una interrupción es decidir si la misma justifica el apartarse de lo que uno está haciendo.

La primera excusa aceptable es que algo sea prioridad absoluta. Algo tan urgente e importante para el grupo o para mis propios intereses que no quepa ninguna duda que todo lo demás debe ser dejado de lado. Esto ocurre con cierta frecuencia sin duda, pero no es ni debería ser la regla.

La segunda excusa que podemos considerar es que lo que se me solicita pueda ser resuelto en menos de dos minutos. La verdad es que ponerse a discutir con alguien o tener que pasar por decirle que ahora no lo podemos atender cuando lo que nos pide puede ser resuelto en menos de dos minutos no justifica el esfuerzo y la energía necesarios para sostener una negación.

Si la respuesta es que no, lo siguiente es entender las posibles consecuencias o repercusiones del decir que “NO”.

Ustedes me dirán que si ya decidí que la interrupción no es lo suficientemente importante como para aceptarla es porque ya evalué internamente las consecuencias. Bueno, es cierto hasta un determinado punto. Porque mi primera evaluación de la importancia casi siempre va a estar relacionada con la ejecución de mis planes y los objetivos que me propongo alcanzar.

Lo que digo es que muchas veces necesitamos hacer una segunda pasada, para entender las consecuencias de decir que no. Esas que a primera vista son independientes de nuestros planes pero que en forma indirecta pueden terminar afectándolos. En última instancia siempre voy a evaluar esas consecuencias en relación con mis intereses, pero es más común de lo que parece tener que aceptar una interrupción simplemente porque la cadena de eventos que se pueden disparar detrás de una negación afectará mi actividad en mayor o en menor medida.

El ejemplo más obvio es el típico jefe que interrumpe con una tontería (o que al menos nosotros evaluamos su interrupción así) que va incluso en contra de sus propias directivas. Por más que el aceptarle la interrupción no sea correcto desde el punto de vista de los objetivos (incluso de los del jefe), el no aceptarle la interrupción no es opción porque en una segunda pasada de análisis sabemos inmediatamente las consecuencias de no responder un pedido suyo.

A veces esto pasa con clientes difíciles, compañeros de trabajo ineficaces en posiciones de poder o incluso ciertos familiares o amigos.

Lo que es verdaderamente difícil de sostener es que una diga “ahora no puedo”, y ni siquiera escuche lo que le tienen que decir. En el mejor de los casos se pueden preparar barreras físicas, que aunque limiten no sean imposibles de saltar como cuando nos apartamos a un espacio algo más aislados. Pero tampoco podemos hacer eso demasiado tiempo, porque pocas vidas pueden darse el lujo de escapar de la realidad mucho tiempo sin consecuencias adversas.




Como decíamos anteriormente, sólo existen dos posibles casos de interrupción que tiene sentido aceptar. Cuando la urgencia e importancia de la misma es relevante a mis objetivos e intereses, y cuando resolverla me toma tan poco tiempo que no se justifica sostener la negación. Para todos los otros casos, un “NO” dicho de manera amable o una rápida negociación para postergar la interrupción a conveniencia mutua parecen ser las opciones más recomendables para continuar nuestro camino.


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